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Daniel Potes Vargas

OPINIÓN

Los narradores tulueños y la Violencia

Por: Daniel Potes Vargas

Hay una violencia con minúscula, que alude al estado general de las sociedades humanas cuando no disfrutan de la paz diaria y una Violencia con mayúscula, sobre todo como período histórico en Colombia. El Valle del Cauca ha producido buena parte de la narrativa de violencia y Violencia en Colombia. 
En Cartago, el siquiatra Daniel Caicedo con Viento seco; en Cali Arturo Alape, con Noche de pájaros y en Tuluá varios escritores, abren y cierran un ciclo inspirado en la Violencia y en la violencia.
Miguel Jerónimo Panesso Oliveros, inicia los relatos violentos en Tuluá en su novela El Molino de Dios, donde cita los remoquetes de los grandes asesinos, Pájaro Verde, Pájaro Azul, Lamparilla o El Vampiro. Luego Fernán Muñoz Jiménez, continúa con Horizontes cerrados los tenebrosos capítulos del horror partidista y su sangre en Tuluá.
Después Gustavo Álvarez Gardeazábal, con su novela “Cóndores no entierran todos los días” y el cuento “Ana Joaquina Torrentes”, perpetúa la descripción del espanto en Tuluá y Ceilán. Óscar Londoño Pineda, con la finura sicológica propia de su prosa elaborada con “La noche que no termina”, ahonda los mecanismos del horror; éstos se centran en la Violencia como etapa histórica, como descripción temporal de genocidios y homicidios de origen político y económico en el fondo. Ya Robert Posada Rosero, con “Danza de muerte” aborda la violencia cotidiana, como estado diario de un pueblo asolado por todas las formas del accionar violento y la intolerancia de los fanáticos políticos, liberales y conservadores. Una obra poética plena del espanto; “La violencia es una lágrima triste”, del vate Samuel Arcila Vélez, secuestrado y asesinado por extorsión, cierra el panorama sangriento que une, de modo indisoluble, ciudad y violencia extrema, urbe y relato saturado de muerte, desolación y lágrima. En cuanto a la teoría violentológica, hay tres obras del aporte tulueño: El poder y la sangre, de Adolfo León Atehortúa Cruz; La violencia en el centro del Valle, de Olmedo Gómez Trujillo; y La carta suicida, de Ómar Franco Duque. 

Álvaro Rodríguez Cruz

Álvaro  Rodríguez Cruz
Por: Daniel Potes Vargas

Nacido en 1951, este novelista tulueño ha escrito en inglés. Su obra, Passion in Eden –hill, es la segunda obra, al lado de Guantánamo, de Carlos Potes Livengood, escrita en la lengua de Hemingway.
Ángeles impuros es la traducción hecha por él mismo y editada en Estados Unidos, donde narra la vida y milagros licenciosos y lujuriosos de una monja y su confesor. Es del barrio salesiano de Tuluá. Estudió en el colegio San Francisco de Asís y en el Gimnasio del Pacífico.
Cree que lo mejor de Tuluá es su gente y lo peor quizás sea la inseguridad de sus calles y barrios. Cursó estudios de Terapia en el Medical Nurse, Technology School.
En Miami laboró este tulueño 19 años con Sony Music. Es probable que haya sembrado más de un matarratón y con su otro libro, El reino de los espíritus, cumplió con parte del precepto que se estipula para los hombres.
Hijo de Graciela Cruz y padre de Álvaro José, Anna María y Lin, modelo de la portada de libro Ángeles impuros, Álvaro es gran parecido físico con el poeta  restrepeño Alberto Cardona Gómez.
Prepara una segunda edición en español de Ángeles impuros y se dedica ahora, ya jubilado de una empresa americana, a hilvanar los recuerdos juveniles de una Tuluá que sólo existe en el imperio de la memoria. 
Tulueño raizal, Álvaro vivió mucho en la Florida pero jamás perdió su esencia de buen humor, algo corrosivo como el de todo nacido en esta villa alucinante y alucinada.

Hugo Bruzón Cotes

Por: Daniel Potes Vargas

Nació en la bella Riohacha en el año del bogotazo y quizás a ello atribuye un influjo lunar hacia la rebelión. Hijo de Juan Manuel Bruzón Pérez, Hugo cursó su primaria en la escuela Divina Pastora, de su ciudad natal, donde también nació el inolvidable José Prudencio Padilla.
Este vástago de Aurora Cotes Ortiz, con apellido de Cien años de soledad, se hizo bachiller en el Liceo Nacional Padilla y agrónomo en la Universidad Nacional, sede de Palmira. Es especialista en Administración de empresas de la Universidad Antonio Nariño, con sede en Buga.
Lee con devoción a Gabriel García Márquez y con admiración a Mario Vargas Llosa. Considera Hugo que “La fiesta del chivo” es una catedral de novela, de literatura. Autor de un libro de cuentos llamado “Residencia en lo absurdo”, Hugo es devoto lector de Juan Rulfo y fue decano de Administración de empresas de la Unidad Central del Valle.
Mira como entre nieblas, los relatos fantásticos de Eduardo Zalamea Borda, en “Cuatro años a bordo de mí mismo”, que se desarrollan en Manaure, Guajira.
Y ve con las mejores miradas que los europeos, desdeñando lujos del Caribe, sean más felices durmiendo en una hamaca al lado de la espuma del mar en el Cabo de la Vela. Con su ventripotencia académica, Hugo es ya parte del paisaje cafetero de Hernando, el del Café al paso, sede del subsuelo y autor de otros dos libros sobre valores y superación integral.

EL COSMOS ÁCIDO DE ALFONSO OSPINA BLANCO

Por: Daniel Potes Vargas 

La expresión es, según Sábato, presión hacia afuera. En el algebrista brota con tensores, en el músico se configura como gramática que rodea al silencio, en el escritor con la palabra orfebre que alindera la voz callada. En el pintor la línea y el color trazan un garabato creador de su mundo. Alfonso Ospina es pintor en una tierra donde los colores y las líneas han sido cuestión de niños y pocos maestros. Muchos bodegones en una tierra de pocos fruteros ya que nunca han insertado guamas, mamoncillos, guanábanas o lulos.
Muchas copias ancilares de la realidad, fotografías en lienzo o acuarelas de lo cotidiano y soñado, pero poca distorsión creadora de lo real.
Los terrenos frágiles del sueño causan miedo y nuestros pintores se  han dedicado a comprar postales del exterior para poblar sus canvas de montañas canadienses, de lagos suizos o de canastillas con primicias que jamás se consumen en la comarca.
Alfonso Ospina Bueno, explorador de temas y de formas, busca renovar la política de sus colores y el universo de sus líneas. No practica retrato en un país amante de él. Su estilo y su expresión son más bien formas donde el dibujo evoca con sueños la intensidad de un color y los reclama.
Cierra el ciclo de la línea y la cromía desdibujando la realidad de una chica en jeans, de una girl que se asoma en una azotea neoyorkina o bogotana con sus patines de sensualidad ácida, con sus medias largas, en blue y adelgazadas.
En su atelier conspira contra la fotografía estática, explorando otros linderos para traducir la compleja realidad de cada día, aquella que su pupila de artista sociable y a la vez de labor solitaria, atrapa como galaxia en una caja de cerillas, como onirismo domesticado a medias.
En una tierra de poetas, el pintor no es un rey pero sí un constructor de sus signos, ácidos en ocasiones, pero siempre ávidos de vida, de proyección vital y estética. Por ello, nos hacemos eco de su júbilo para cantar los soles y las lunas y hacer la abominación de aquellos que derraman la sangre verde y joven para instalar el reino ominoso de las oscuridades.
Su pintura es exorcismo exultado de la vida, con sortilegios y anillos, con Eros y linderos. Una vez más, la palabra en color y el sonido en línea.

Editorial y ortografía

Por: Daniel Potes Vargas

Uno ve y lee diarios bellamente diagramados, estéticamente distribuidos, con secciones de interés, pero si falta la belleza más bella (con pase del pleonasmo), la ortográfica, de  nada vale el esfuerzo.
Si una chica levantadora  (¿o sepultadora?) de textos, tiene buena vanguardia pectoral y mejor retaguardia glútea, así tenga pésima ortografía, se queda laborando por decisión gerencial.
El colaborador queda desarmado, indefenso.  Entrega su masa al horno y no sabe qué engendro saldrá.  Nombres cambiados, fechas mutiladas, párrafos sin ilación (después de tenerla), tildes y letras cambiadas.  Uno escribe a través y sale atravez, escribe sesión y sale sección, que son los ejemplos clásicos de esta oleada de burrería que azota las prensas.
No hay correctores de pruebas sino corruptores.   Por no pagar  a un corrector profesional, poner  a cualquier chapucero que cuanto toca, lo vuelve estiércol.  Mientras más tecnología hay, parece que hay un descenso logarítmico de la ortografía.  Y lo peor es que la comunidad lectora que tenga un autor de textos, vasta o corta, algunas veces imputa o atribuye el disparate no a la levantadora (¿hundidora?) de textos sino al autor de los mismos.  Y repetimos, ¿en qué estado está aquel que envía una colaboración a un diario?  En estado de total indefensión.  Lo obligan a usar un arsenal muy limitado de vocablos porque si tiene alguna galanura con el idioma con algún bello vocablo, lo hacen rabiar y  lo transforman en algo irreconocible.  Como no lo conocen, se atreven a “corregirlo”, con su peculiar ortografía.  ¿Tendrá esto visos de cambiar?  Cada director de diarios tiene la palabra.  Cada que la mayoría de levantadores piensan sobre ortografía, levantan moscas.  Le corresponde a cada editor usar su peculiar insecticida para alejar esta plaga de los diarios.  Pero al paso que vamos en tal cometido, la salud editorial estará cada día más alejada. 

Miriam Restrepo López

Por: Daniel Potes Vargas

Tuluá no ha sido muy abundante en pensadoras. Su historia literaria abunda en poetas, desde María Luisa Román Alzate, hasta Alba Lucía Tamayo García. Por ello, la vida de Miriam Restrepo López, es un paradigma de superación en un ambiente de pensamiento masculino. Hija de Rita López Echeverry y de Abelardo Restrepo Espinosa, Miriam heredó de su padre su vocación de servicio social, al igual que sus otras hermanas. Es la segunda de doce hijos, la mayor de las cuales es Amparo. Vivió en la legendaria Calle Mocha, donde se trenzaban largas y feroces peleas a cauchera con los de La Chichería con doloroso saldo de ojos perdidos y cabezas destapadas; calle en la cual vivió la mítica y voluptuosa Raquel Toro, la Brigitte Bardot de Tuluá.
Mirian cursó su primaria en la escuela Antonia Santos y cuando era rector el Dr. Saulo Victoria Viveros, terminó su bachillerato en la época dorada de las huelgas estudiantiles y los célebres tirapiedras.
Con una tesis sobre El Emilio, de J.J. Rousseau se graduó en Filosofía en la Universidad del Valle. Para ella lo peor de Tuluá es la inseguridad y la falta de mayor educación y lo mejor, por supuesto, el carisma y calor humano de sus gentes. Su escritor predilecto es García Márquez y el filósofo que más admira y al que más lee, a Inmanuel Kant. Labora en el López Pumarejo de Tuluá y es una aceptable lectora en una tierra donde no leen sino los clasificados y noticias judiciales de los periódicos locales. 

Gloria Mejía Henao

Por:  Daniel Potes Vargas

Óscar Londoño Pineda comenta que es necesario crear un consulado de tulueños en Tuluá porque ya hay más tulueños de adopción que de nacimiento. En especial hay valle - paisanos, antioqueños que han encontrado en la ciudad del botánico Juan María Céspedes, afecto, buen trato y progreso comercial y profesional. Entre ellos, marinillos o de Santuario, está Gloria Mejía Henao, nacida en Medellín. Hija de Ricardo Mejía Vélez, de Yarumal, y familiar de Epifanio Mejía, el autor de la letra del Himno a Antioquia.

Leonor Henao nacida en Santa Bárbara, cerca de Medellín, fue su progenitora. Nacida Gloria en una familia de seis hombres y seis mujeres, como en el número apostólico, llegó a Tuluá hace treinta años. Venida al mundo en 1960 lleva más de la mitad de su vida amando este municipio que la ve hoy como una tulueña más, tras haber sido modelo a sus 18 años en Medellín y haberse destacado en el baile del tango en su ciudad natal.

Asesora comercial en Tuluà, se siente mejor aquí entre calles y carreras de este municipio que entre las agitadas avenidas de su amada Medellín.


La Casa de don Agobardo Potes

Por: Daniel Potes Vargas

Las cosas y las casas se cuidan en el tiempo, no sólo en el espacio.  El verbo catalán curar  significa cuidar.  Un Curador como Carlos A. Escobar. Se preocupa por inventariar los patrimonios arquitectónicos de la vieja Villa.  Se salvan cuando ello es posible.  Pero otros fueron demolidos sólo en sus paredes, escombros y recintos.  Viven y perviven en la memoria, como la casona de don Agobardo Potes Vivas.  De dos plantas, era el remate natural de los llanos de Morales.  Cerca estaba el Charco de Los Encuentres, donde se juntaban aguas frías del Morales con aguas tibias de La Ribera.  Allí bañaron los Potes Lozano con Álvaro y Daniel a la cabeza.  Luego, los Potes Roldán.  El burro que tenía don Agobardo recibía de manos de Carlos Alberto, panela molida que aumentaba sus ardores genesíacos.  Muchas hembras eran parte de su corte amorosa.  Rebuznaba y los muchachos sabían qué hora era.  Jaime, Alfonso y Carlos Alberto colgaban sus cometas en medio de las ráfagas de agosto.  Las ataban a un alambrado para que volaran solas.  Y se iban a comer.  Allí sentían la frescura de la tarde y veían a parejas de tulueños y tulueñas que se amaban cerca de coclíes, de tortugas pequeñas y árboles de Júpiter.  Eran otros días hacia los cuales se navega con el pastelillo  de Proust, con el bizcocho de la memoria dulce.  Es mejor muchas veces que la caliente realidad. 

Tulueños de adopción

Camilo Cortés Jiménez

Hay tulueños de genética; telúricos y genealógicos. Otros lo son de adopción  y hay fama acerca de que hacen más por Tuluá que los nativos, que muchas veces no pelean una herencia. Su santo es Camilo de Lelis y es hijo de Pedro María Cortés Zapata, de Bogotá, pariente del teniente Carlos Cortes Vargas, asociado tristemente al genocidio de las bananeras en 1928, en Fundación, Magdalena. Camilo es el mayor de seis hermanos. El único varón en un matriarcado de cinco hermanas, hijas, como él  de Ana Beatriz Jiménez González; cursó su primaria en la escuela Jorge Eliecer Gaitán, de Bogotá. Su bachillerato lo hizo entre el Liceo La Salle y el colegio Nicolás Esguerra. Cuando era rector Bernardo Gaitán Mahecha de la Universidad Javeriana, estudió Administración de Empresas. Fue gerente del Banco Popular en Tumaco y San Andrés, así como en Fusagusá y Arauca. En Riohacha y Cartago fue gerente del Banco del Comercio.
En el archipiélago vivió de cerca la picardía y travesura   de los turcos con sus comercios donde embaucaban a los del interior y esquilmaban a los pobres cachacos que caían en sus manos. Buen lector de historia colombiana y de libros que cultivan el buen humor, vivió anécdotas como la del vaso perforado que irrigaba el whisky sobre camisa y corbata de manera micro-surtidora.
Ese vaso lo conserva su amigo, el bromista Eduardo Ruiz Arango. Fue testigo de cuando el Pote Beltrán no se calló la boca y delató un negocio de camposanto en el Club Boyacá de Tunja y el obispo Trujillo se le adelantó en el huerto de cruces, como llamó Miró Ferrer a los camposantos.
Don Camilo, al igual que el pastuso Humberto Camacho, fueron objeto de las bromas terribles de don Camilo Peña Dávila, poeta cartagüeño, que fue propietario del almacén Valher e hijo del maestro Peña, que construyó la torre grande y alta de San Bartolomé, la parroquia de Tuluá 

Eliecid Ávila Ávila

Por: Daniel Potes Vargas

Hijo de Eustorgio Ávila 
Ávila, de Tunja, y de Emilia Ávila Velandia, de Sutamarchan, es el benjamín de 10 hermanos.
Su primaria la cursó en la Escuela José Antonio González y el bachillerato en el Gimnasio del Pacífico, cuando  era rector Ramiro David Criollo.
Su carrera de Odontología la hizo en la Universidad Estatal de Guayaquil, donde tantos odontólogos tulueños han estudiado.
En Univalle, Cali, cursó un posgrado en Administración  médica y salud oral, así como otra especialización en la Universidad Libre en Gerencia de servicios médicos.
Eliecid fue Secretario de salud de Tuluá en la administración de Rafael Eduardo Palau Salazar.
Para este ilustre profesional, lo mejor de Tuluá es su gente y la inseguridad lo peor de ella.
Su idea bandera para el Concejo es propender por un fortalecimiento en la prestación de servicios médicos, buscando su excelencia. Cree que con el ingeniero Gustavo Adolfo Vélez Román, el hijo  de Piedad y Oscar, habrá progreso y desarrollo para Tuluá, tan abandonada últimamente  a su suerte.
En la nueva administración, de Gustavo Vélez Román, que tanto promete para Tuluá, Elicid es el nuevo y flamante presidente del Concejo Municipal de su ciudad.

Noticias culturales de Tuluá

José Isaac Padilla Mondragón
Por: Daniel Potes Vargas

El pasado jueves 10 de diciembre tuvo lugar en la Biblioteca pública municipal de Tuluá, Daniel Potes Lozano, el acto de presentación del libro Mi Viaje a Chile.
Este acto de promoción literaria fue moderado por el  poeta y director de la biblioteca Norman Muñoz.
El autor del libro, José Isaac Padilla Mondragón, había escrito otros textos como Mis memorias y un poemario de temas revolucionarios.
El acto contó con una buena asistencia, acompañado de una copa de vino.  Así se reitera la vocación cultural de la villa del botánico Céspedes.

RODOLFO RAMÍREZ ÁLVAREZ

Por: Daniel Potes Vargas

Hijo del boyacense Marco Aurelio Ramírez Sierra y de la tulueña con raíces costeñas, Olga María Álvarez Guzmán, este ilustre arquitecto  tiene unas ideas muy claras sobre la función simbólica y ritual de la  arquitectura.
Padre de Catalina, Juan Pablo (arquitecto como él) y Andrés Felipe Ramírez Osorio, este Jefe de Planeación Municipal, en la administración  del arquitecto Carlos Alberto Potes Roldan, es partidario de elaborar la lista de los hitos arquitectónicos de Tuluá, una ciudad que ha tenido poca suerte con su clase dirigente en el sentido de preservar sus valores de construcción pública como símbolos  de épocas históricas. Considera que Andrés  Martínez Sandoval es el arquitecto que mejor ha racionalizado el espacio de construcción en Tuluá. Rodolfo tiene dos nietas, María Paula y Belén y estudió su primaria en la escuela Jesús Maestro,  Antonio González y en la Concentración de quintos. Su bachillerato lo cursó entre el Gimnasio del Pacífico y el San Juan Bosco. 
Arquitecto de la Universidad Nacional de Manizales, estudió cuando era alumno allí otro tulueño Camilo Torres Arana y se llamaba a la Universidad El cable, porque allí  concluía el cable aéreo que venía  de Mariquita, Tolima.
Embelleció con Potes Roldan el costado oriental del parque del lago Chillicothe y opina que es vital levantar un inventario o relación de las construcciones emblemáticas de Tuluá. La arquitectura de una ciudad, pública y privada, es un reflejo de su cultura y no sólo de su dinero, de su presupuesto. Los mejores en-  claves de este tipo son hoy  parqueaderos. Hace muchos años publiqué un artículo llamado Tuluá garaje. Y parece que eso hoy más que nunca es apodíctico. Rodolfo ama el paisaje de su patria y no cambia pasar una noche en hamaca en el Cabo de la Vela por una habitación sofisticada,  aunque ésta sea también valiosa. Tanta gente con mucho dinero y no conoce ni los referentes primarios del paisaje de su país parece  decir este arquitecto ilustre, esposo de Ivonne Toledo.

Jhon Jairo Lozano Ramírez, el lector

Daniel Potes Vargas

Sabe que su nombre Jhon, se escribe John en Inglés,  que es un error muy frecuente que se les corrige a los estudiantes de inglés. Dice que John no es él, aunque esté bien escrito pero que es él cuando escriben su nombre como Jhon. Sabe que los colombianos en su gran mayoría leen un libro coma nueve (1.9) por año, o sea, que no alcanzan ni a los dos libros, mientras el europeo promedio lee 150 libros por año asumiendo que el año tiene 52 semanas y leen tres  ligeros por semana. Nació en el barrio Palobonito, en límites con el Escobar y recuerda que su alumbrado del siete de diciembre era muy mágico, con calles cerradas. Este nativo de Piscis nació un once de marzo y es hijo de Tulio Enrique Lozano Nieto y María Cecilia Ramírez Marulanda. Es el segundo de tres hermanos y estudió su bachillerato en el Gimnasio del Pacífico tras haber cursado su primaria en la escuela Tomás Uribe Uribe. Con una tesis llamada La equivalencia de las palabras según la categoría gramatical se graduó como licenciado en Español y Literatura de la Universidad del Quindío y en la misma Alma Mater se especializó en Literatura. Con la Universidad Católica de Manizales se especializó igualmente en Gerencia educativa, y en la Universidad del Tolima, en Ibagué, estudió Gerencia de proyectos. Este profesor ilustre tiene una maestría en la Católica de Manizales,  en  Educación de modalidad virtual. Es autor este tulueño de varios libros: Particularidades  del Idioma, Escribir correctamente, Leer eficazmente, Sentencias filosóficas, El proceso de la investigación dentro del contexto educativo, y prepara un texto de investigación llamado Variaciones sobre la lectura en Colombia  (1950 – 1990). Cree que lo peor de Tuluá es su falta de una gobernabilidad seria y eficaz, y lo mejor, que es una ciudad folclórica. Lleva diez años vinculado a la Uceva donde dicta la cátedra de Investigación. Ha sido profesor de la Institución educativa María Antonia Ruiz, Sagrado Corazón de Jesús, Céspedes, Comfandi y Moderna. Su autor clásico preferido es Virgilio, y dentro de los colombianos Jairo Aníbal Niño, en especial  Puro pueblo. Cree que la Uceva ha crecido institucionalmente desde lo gerencial y el fortalecimiento de la estructura organizacional. Ama la música de Mozart, José Luis Perales y Joan Manuel Serrat.

Marlene Rendón Rendón o Fenicia sobre todo

Por:Daniel Potes Vargas

Hija de Marco Fidel Rendón Montoya, de Fredonia-Antioquia, y María Rebeca Rendón Marín, de Jardín, en el mismo departamento, tiene línea familiar con el genial caricaturista Rendón. Es la séptima de 10 hermanos y se siente muy honrada de haber nacido en Fenicia, municipio de Riofrío en el Valle del Cauca. En la escuela Las Américas de su corregimiento natal y en la Escuela Mercantil de don Óscar de la Cruz de Tuluá, estudió su primaria y bachillerato respectivamente. Casada con Rubén González Pacheco, nacido en Alpujarra-Tolima, que fue director de Fenalco en Tuluá, tuvo dos hijos: Janeth y Nelson, que estudió Administración turística y hotelera en el colegio Mayor de Antioquia.
Para Marlene, viajera impenitente por el mundo y por su amada geografía colombiana, lo mejor de Tuluá es su dimensión mercurial, comercial, y lo peor, la falta de amor por la ciudad de parte de sus habitantes. Cree que el Valle tiene un gran futuro turístico, que apenas comienza a organizar esa cara de su realidad. En Tuluá y en el centro del Valle se pueden hacer grandes anillos de prosperidad basados en sus paisajes y recursos naturales y humanos.  Fenicia sigue siendo una maravilla paisajística de Colombia y su belleza brilla sobre muchas otras tierras. 

Tuluá entre la locura y la alegría

Daniel Potes Vargas

Así llama uno de mis libros, que editó la Fundación Sarmiento Palau y que presentó en su momento Gustavo Álvarez Gardeazábal. Presentó, no lanzó como dicen ahora de modo bárbaro y embelequero. ¿Para qué Macondo si hay Tuluá? En Tuluá aquello que no es cierto lo completan a martillazos. Si en la literatura de Gabo hay un cuento llamado “Isabel viendo llover en Macondo”, en Tuluá hay una realidad “El Chiquito viendo llover bestialidades”.
Los patos de los directorios hicieron su octubre. En Tuluá hay ciudadanos que a las nueve están en el directorio de don Orlando Duque Satizábal, a la diez y media en la sede política de Osquítar Marino Tovar Niño, a las once en el directorio de John Jairo Gómez Aguirre y a las dos de la tarde en el garaje político de José Martín Hincapié Álvarez. Total, un turismo electoral, un recorrido por el maravilloso mundo de la rueda de Chicago. Turistas de cuanta oficina hay en materia política, a todos demandan ayuda, a todos prometen votos, a todos aseguran lealtad y cuando llega el día de la quema se ve el humo.
Tuluá es un caso en la historia. No tuvo fundación como Bogotá, Popayán, Tunja o Buga. No hubo el rito hispánico fundacional de construir una capilla y en torno a ella doce casas en recuerdo del número apostólico a partir de las cuales se trazaban las cuadriculas. No, Tuluá fue una tierra de indios que daba trancazos a diestra y siniestra y cada que quería ascender en la escala administrativa frente a la corana de España, Buga le tenía la zancadilla respectiva. 
Ni siquiera tiene clara la semántica de su nombre y la toponimia fracasa ante tales intentos. Unos dicen algo, otros lo contrario. No es de extrañar que en Tuluá llueva hacia arriba y algunos dicen y comentan que su gentilicio es tulueño y otros que no, que es tuluano, olvidando que el único de los 42 municipios del Valle que admite dos gentilicios es Palmira: palmiranos o palmireños. Obviamente lo de tuluanos tiene una historia que viene de atrás. Así las cosas, no nos extraña que, como en la novela de Italo Calvino Una jornada de escrutinio electoral, votaron difuntos y trashumantes al por mayor y al dental, como dicen los pastusos. 

Orlando de Jesús, cercano siempre a la cultura de valores

Por: Daniel Potes Vargas

La axiología, como parte de la Filosofía que estudia los valores en general, parece ser el campo y el tema de cultivo literario de Orlando de Jesús Tamayo Velásquez, quien ha publicado varios libros en torno al cultivo espiritual en una época tan filistea como ésta.
Sin buscar ni esperar ayuda de organismos oficiales, este ferretero legendario de Tuluá entrega  a la población lectora su texto más reciente llamado “Un proyecto de vida de la mano de Dios”. Todo proyecto tiene un diseñador, todo diseño tiene un creador.
El libro de Stephen Hawking se llama El gran diseño y no obstante la consecuencia de la obra del astrofísico concluye en que todo esto apareció sin la intervención de un diseñador. La vida y la materia simplemente han evolucionado de lo simple a lo complejo, según el británico.
En este libro de Orlando de Jesús, el diseño de un proyecto de vida para los creyentes o teístas debe tener como soporte, firmeza y horizonte la presencia de Dios.
Para muchos Él no existe y la vida moderna se caracteriza por tener en cuenta toda clase de elementos, menos el divino.
Este libro de Tamayo Velásquez aspira a argumentar de manera sencilla y cristiana la propuesta de un proyecto que incluya al creador del universo y de la vida como eje sobre el cual se monta toda axiología, todo el cúmulo de valores cotidianos que deben orientar la vida de alguien que aspira a la felicidad, a la salud integral y a todo aquello que le permita un paso por esta vida de la manera más armónica y menos karmática.
Esta obra, breve en paginaje pero exuberante en ideas y propuestas, enriquece el patrimonio bibliográfico de Tuluá, ciudad muy rica en actividad editorial de todos los géneros literarios.
Todo proyecto de vida ahora es ateo esencialmente. El vocablo, la palabra Dios jamás aparece por ningún lado como si fuera un malestar hacerlo. A nadie le consta que Dios no existe y los ateos, como ellos mismos jocosamente lo dicen, lo son por la gracia de Dios. Indudablemente este texto servirá de guía para muchas personas que quieran darle un sentido a sus vidas y llenar sus proyectos con valores y con la perspectiva espiritual que contempla al creador como el ser al que debemos todo afecto, sin fanatismo ni hipocresías. Congratulaciones a su autor por este singular y original aporte a las letras de Tuluá, a las letras del espíritu. En medio de tanto ateo barato, casi siempre de origen anticlerical, este libro brilla por su valentía y su claridad.

Arco iris electoral

Por: Daniel Potes Vargas

Comienza una nueva era orientada por Gustavo Adolfo Vélez Román y su equipo de trabajo, que le augura a Tuluá cambios esenciales de situaciones que una funesta administración deja como herencia de mediocridad absoluta, no relativa. 
Ahora, como es natural, resultará que todos votaron por nuestro apreciado alcalde electo, el hijo de Piedad y Óscar. Algunos llamados periodistas llegarán de manera socarrona y disimulada para decir “alcalde, nosotros estábamos con otra persona de mentiras, en el fondo estábamos con usted”
Alegra saber que Gustavo Adolfo Vélez, no será tan ingenuo como para crear tales embustes y camaleonismos.
Desde mucho tiempo atrás se sabía que la lucha electoral no era entre el ingeniero Vélez y la representante de la alcaldía, sino contra o con John Jairo Gómez Aguirre, que dejó de ser mesetario y se hizo ascendente.
Cesó la horrible noche y ya las calles de Tuluá podrán verse de una manera próspera, no indolente y mísera como si fueran avenidas de Damasco recién bombardeadas por los rusos y con reductores triples de velocidad mal hechos y sobrefacturados.
La administración que por ventura concluye para Tuluá, fue un error cometido de buena fe por el parlamentario Rafael Eduardo Palau Salazar, que creyó que el escogido era madera de más calidad.
Es de suponer la lista larga de lagartos, cocodrilos, camaleones, lagartijas y saurios medianos que se acercarán a Gustavo Adolfo, para vender mil cuentos y adoptar cien máscaras. Una rebatiña que sólo el carácter, la nobleza y la sabiduría de Gustavo Adolfo Vélez Román sabrá sortear. 
Nadie es santo, pero Gustavo no tiene asuntos relacionados con la justicia y ama a Tuluá. Deseemos a nuestro estimado y querido amigo Gustavo Adolfo, la mejor de las suertes como tulueños. Que nuestro alcalde pueda cumplir sus sueños y deseos de hacer de Tuluá una ciudad con otra dimensión de progreso y proyección hacia el futuro con amigos de todas las clases y condiciones.
Este certamen electoral último trajo sorpresas, agradables unas y otras no, como la llegada de nuestra ilustre amiga la ingeniera Claudia Marien Rodríguez y el dueño de la bonhomía, Mauricio Eduard Arbeláez Herrera, y la melancolía por el no ingreso al Concejo y a la Asamblea de Wilson Amador Corrales, empresario de mucho valor en Tuluá y de nuestro entrañable amigo el abogado Óscar Marino Tovar Niño.

Tuluá habló de cómo se pasó de cuasi reina a primera princesa

Por: Daniel Potes Vargas

Hacía tiempo que Tuluá no tenía una unificación de sus voces ya que estaba dividida en muchas de ellas. El pasado 25 de octubre, con ocasión del certamen electoral que decidió la suerte de los numerosos aspirantes a la gobernación, alcaldías, asamblea y concejos municipales, hubo como una atmósfera consensual, como una unanimidad para expresar conceptos esenciales sobre el tema.
A la de Guacarí le dijeron no y a la de Zarzal ni se diga. Tuluá trazó un círculo no de tiza sino de fuego para que la guacariceña no asomara por los perímetros de Juácara y Limón Viejo y se supiera que Christian Garcés la dobló en votación y que dentro del mapa de los cuarenta y dos municipios, ella perdió los más entrañables para su ambición.
En cuanto a Tuluá, donde sus calles parecen las de Bagdad después de un bombardeo norteamericano y donde su nefasta y nunca antes vista descompuesta administración actual quería encaramar a una zarzaleña cuya misión sería básicamente ocultar las infinitas falencias y felonías cometidas durante la implementación y desarrollo de ésta.Se desinfectó el ambiente y es de esperar que para el próximo primero de enero comience una nueva era orientada por nuestro entrañable amigo tulueño Gustavo Adolfo Vélez Román, en unión de un cuerpo edilicio renovado en su gran mayoría y de un gabinete realmente enamorado de las causas tulueñas.   
Rodolfo Ramírez, Jaime de Jesús Alzate Diego Holguín Parra, Jorge Cruz, Jorge Andrade, todos los aspirantes al concejo que apoyaron a Gustavo Adolfo, los que hicieron posible la realización de su anhelo de llegar a la alcaldía tulueña, serán amigos de una administración que pretende ser de las primeras en la historia local, que venció la arrogancia de alguien que se creía reina y quedó de primera princesa como símbolo de un cuatrenio de oscuridad que ahora finalmente concluye.

Los aliados de Gustavo Vélez Román

 José Albeiro Rivera Porras

Hijo de Arcadio Rivera Sierra y de Amanda Porras Ocampo, este taxista con más aspecto de profesor de filosofía, cursó su primaria en la escuela José Antonio González y su bachillerato en el mítico Gimnasio del Pacífico cuando era coordinador el filósofo Félix Lizarazo Sánchez. Lo mejor para él, de Tuluá,  es el deseo de trasformación que mantiene el tulueño, así lo frustre algunas administraciones. Lo peor para José Albeiro es la actual intolerancia del tulueño. Casado con Leticia Colonia Morales, es padre de Johanna Marcela Rivera Tamayo y de Jennifer Fernanda y Charles Rivera Colonia. Su nieto Miguel Fernández Rivera, llenó de alegría la vida de este honorable ciudadano que considera que Tuluá clama por su seguridad y en Gustavo Vélez Román encuentra a alguien capaz de brindar un control a la presente situación. Propone una seguridad vial e igualmente una cultura, una pedagogía de la movilidad. Tuluá es un municipio de una alta incultura vial que incluye inseguridad e intolerancia. Eso se logra corregir no sólo con señales sino capacitando a la ciudadanía en tales aspectos. 
Por otro lado, muchos critican la fusión de los grupos de Rafael Eduardo Palau Salazar y Gustavo Adolfo Vélez Román, olvidando que lo que la velocidad del estómago no alcanza a comprender, la habilidad política de los grandes líderes lo asume de manera natural.

Aliados de Gustavo Vélez Román Por: Daniel Potes Vargas

José María Rincón Vergara

Nacido en Ansermanuevo, Valle del Cauca, pero tulueño de corazón desde 1970, este ilustre abogado es hijo de Pedro Juan Rincón Velásquez, de Calarcá y de Berta Vergara Agudelo, de Concordia, Antioquia.
Es el tercero de diez hermanos e hizo su primaria en la escuela Juan de Dios Uribe de Andalucía, donde tuvo de profesor en quinto grado a Meyemberg Vásquez Castaño y su bachillerato entre el Instituto Mixto Eleázar Libreros Salamanca, de Folleco y el Gimnasio del Pacífico, cuando era rector Ramiro Devia Criollo.
Se graduó de abogado en la Uceva con la tesis Comentarios al nuevo código de procedimiento penal. Fue concejal de Tuluá entre 1990 y 1992. Fue jefe de Juicios Fiscales de la Contraloría departamental del Valle del cauca. Durante veinte años desempeñó diversos cargos en el sector público. Asistente en la Asamblea Departamental, de su amigo Jorge Homero Giraldo; fue igualmente gran amigo de Ramón Elías Giraldo y secretario del Instituto Industrial Carlos Sarmiento Lora, de Tuluá. 
Para José María lo peor de Tuluá es la inseguridad y lo mejor, su gente. Se especializó en Derecho Penal acusatorio y siendo estudiante en su carrera de abogado en la Uceva fue monitor de Derecho Penal del Consultorio Jurídico. Su tema bandera para llegar al Concejo, con el Aico 6, es el fortalecimiento desde todo punto de vista, del deporte en Tuluá.